Via Lavanguardia.es. El presidente de la Unión Romaní Española, Juan de Dios Ramírez-Heredia, es un gitano brillante que ha sido diputado en Madrid y en Estrasburgo y que lleva décadas luchando contra la marginalidad y discriminación de su pueblo
“Juan de Dios Ramírez-Heredia (Puerto Real, Cádiz, 1940) es el primer gitano del mundo investido doctor Honoris Causa. En 1971 participó en Londres en la fundación de la Unión Romaní Internacional, en las primeras elecciones democráticas (1977) fue elegido diputado por Barcelona y durante los siguientes 20 años se dedicó a la política, tanto en el Parlamento español como en el de la Unión Europea en Estrasburgo. Tiene dos carreras, ha sido profesor, periodista, abogado y hoy sigue presidiendo la Unión Romaní Española, que fundó en 1986. Su despacho está decorado con fotos de él acompañado de numerosas personalidades –como la Reina Sofía o el president Pujol- y presidido por una imagen con el lema “Somos gitanos, ciudadanos del mundo. Nuestro techo es el cielo y la tierra toda, nuestra patria. Las fronteras siempre fueron divisiones artificiales para separar a los seres humanos”.
-El racismo es una enfermedad contagiosa, un virus que se extiende fácilmente. En los momentos de recesión económica, de crisis, los racistas se crecen. Hay un caldo de cultivo en la sociedad que lleva entonces a la creación de un chivo expiatorio, de alguien en quien descargar la ira, la indignación, la preocupación. Los gitanos casi siempre hemos sufrido eso.
-Hay muchos tipos de racismo que se van superando, pero el prejuicio hacia los gitanos parece que sigue arraigado en buena parta de la sociedad.
-A los gitanos se nos ve. Algunos como yo, con la piel menos morena, disimulamos más, pero somos una minoría visible por antonomasia. Ha llegado un momento en el que el racismo contra los gitanos parece que se ha convertido en una especie de mal endémico. Convivimos con ese racismo desde los Reyes Católicos: en el año 1499 Don Fernando y Doña Isabel dictan la primera pragmática en contra de los gitanos y desde entonces se han venido sucediendo una serie de disposiciones hasta Carlos III. Después ya es otro tipo de discriminación.
-¿Y porqué es eso?
-El racismo contra los gitanos forma parte casi del diario vivir de una parte de la sociedad y cuesta batallar contra él. Ha llegado a infiltrarse de tal manera en la sociedad que una madre buena y cariñosa le dice a su hijo “se bueno o vendrá el gitano y te llevará” o “estás más sucio que un gitano”. Ha llegado a formar parte del sambenito, de una imagen colectiva que cuesta mucho trabajo quitar. De muy poco nos van a servir las guarderías, las escuelas, los cursos de desarrollo comunitario y los programas de promoción de la mujer, de potenciación de la salud -todas aquellas cosas que se hacen cuando se dirigen a una población fundamentalmente necesitada, pobre y analfabeta- mientras no logremos cambiar esa imagen.
-Precisamente esa imagen responsabiliza a los propios gitanos de su marginalidad.
-El análisis de los hechos dice que hay una parte de rechazo por parte de los propios gitanos, no sé si justificada o no. Formamos un pueblo que a lo largo de la historia ha sufrido tanto -y que sigue sufriendo todavía- que ha instalado a su alrededor una especie de muro que, en términos sociológicos, se llama autodefensa. Tal vez sea por eso que oímos tantas veces aquello de “los principales racistas son los gitanos, son ellos los que no se quieren integrar”.
-¿Hay un conflicto entre el concepto de nación gitana y el funcionamiento del Estado?
-En febrero de 1979 las Naciones Unidas nos dieron exactamente el mismo reconocimiento que en aquel entonces tenía la OLP de de Arafat. A diferencia de los palestinos, los gitanos no pedimos ningún territorio así que el reconocimiento de nuestro pueblo, de 14 millones de personas y extendido por todo el mundo, es textualmente el de “minoría cultural no gubernamental”. Esto quiere decir que los gitanos españoles somos españoles y queremos seguir siendo españoles y no queremos ser otra cosa.
-¿Qué une a todos los gitanos entonces?
-Un sentimiento, una cultura y una lengua común que hemos mantenido a lo largo de los siglos. Unas costumbres, unas tradiciones y el sentimiento de pertenecer a una misma familia, a una misma fraternidad. Los sentimientos son libres, no tienen fronteras. Yo antes que ser andaluz, de Cádiz, de Puerto Real e incluso antes de ser gitano, que soy todo eso, soy un ciudadano humano investido de un principio de dignidad que me iguala a ti. Y a ti a mi. Y esos principios de dignidad están por encima de todo lo demás, por encima de nacionalismos de vía estrecha, por encima de los estados. Para nosotros las fronteras son la dificultad de las montañas o de vadear los ríos.
-¿El nomadismo dificulta la integración de los gitanos?
-Quedan muy pocos nómadas, yo diría que de la población gitana queda el 10 %. No ha de ser un motivo de especial dificultad para la integración de los gitanos en el resto de la sociedad. Quedará como una imagen romántica de los gitanos.
-Ahora muchos gitanos viven en lugares donde se concentra la marginalidad.
-Los más pobres sí, claro, viven en el lumpen, en las conurbaciones de las grandes ciudades. Pero también es verdad que la lucha contra el barraquismo gitano, especialmente desde que llegó la democracia, ha sido muy eficaz.
-¿Es imaginable un pueblo gitano con identidad propia pero más disperso, integrado mayoritariamente en comunidades no gitanas?
-Yo pienso que sí, que la gitaneidad -la romipen, como se dice en romanó- siempre irá paralela al nivel de formación humanística que se tenga. A medida que creces, te desarrollas, haces una carrera o ejercitas un oficio y eres una persona que responde a unos patrones comunes de la gente mínimamente culta de la sociedad podrás seguir manteniendo tus señas de identidad. A veces me preguntan la definición de gitano y no sé cual es… Al final, después de pensar mucho, la que más me gusta es que ser gitano es tener un estilo de vida gitano.
-También hay tópicos en sentido positivo sobre los gitanos, como su alegría o su arte.
-Me da mucho miedo que pueda prevalecer algo que yo llamo la discriminación de la indiferencia. Si el gitano sale artista, torero, bailaora, pintor, la sociedad paya que buena y generosa es que se rompe las manos aplaudiéndole y le tiene allá arriba. Lo hacen sinceramente, sin ningún tipo de prejucio y les importa un carajo que sea gitano. Es más, hasta le ven una gracia al hecho que sea gitano. Pero si, al mismo tiempo hay miles de gitanos que se mueren de hambre en la conurbación de las grandes ciudades, si sigue habiendo un 40% de niños y de adultos que no saben leer ni escribir, si seguimos ocupando el último lugar en el ránking de desarrollo, si tenemos la infravivienda, si los sueldos que ganan los gitanos son los más pequeños y el índice de paro el mayor de este país…
-¿Las administraciones están tratando de corregir esta situación?
-Siempre se puede hacer más, pero no sería justo dejar de reconocer que la administración está trabajando con eficacia. Desde ese punto de vista, quiero rendir tributo y reconocimiento al gobierno de Cataluña. Nos escucha, cuenta con nosotros. El plan catalán de desarrollo del pueblo gitano está hecho por la administración pero por los gitanos también. La catalana es una administración absolutamente abierta… y la política gitana está en manos de Esquerra Republicana de Cataluña. ¡Nunca hemos sido mejor tratados! Esa es la realidad.
-¿Cómo está afectando a vuestra comunidad la llegada de gitanos de Rumanía?
-De todos los problemas que los gitanos tenemos en estos momentos en España el más importante es el de la población rumana que convive con nosotros. Primero, porque son muchísimos: la población gitana de Rumanía está cifrada en tres millones de personas y Rumanía es ya un país de pleno derecho en la Unión Europea. Todos los rumanos tienen libre circulación, igual que los españoles. Por lo tanto, la presencia masiva de gitanos rumanos entre nosotros comporta, como mínimo, una distorsión visual. Estas familias, estos hombres, estas mujeres, y esto es lo grave, viven como vivíamos los gitanos españoles hace 30 años.
-En la declaración que acaba de aprovar por la Comisión Europea sobre los gitanos se menciona mucho la integración. ¿Qué tipo de costumbres gitanas se mantienen hoy en día?
-La boda por el rito gitano es una de las costumbres que está evolucionando. Sigue celebrándose, pero los gitanos no estamos en una burbuja, estamos en este mundo que evoluciona a una velocidad espantosa. Hacer que algunas costumbres se mantengan en esta sociedad de cambio vertiginoso que duda cabe que es difícil. Un pueblo de cultura ágrafa que ha sido capaz de mantener sus señas de identidad y su lengua durante tantos siglos ahora se siente zarandeado por todas partes. Tenemos que hacer un ejercicio muy importante para mantener aquello que merece la pena ser mantenido: la romipen, la gitaneidad. Esto es, el respeto a los mayores, el no llevarlos a los asilos; la palabra dada: entre los gitanos no hacen falta documentos escritos… Todas esas cosas que son hermosas y que merece la pena conservar y transmitir al resto de la sociedad. En este sentido, sería bueno que los payos se hicieran todos un poco gitanos.
-¿Qué otras cosas de la tradición gitana sería bueno que se preservaran?
-Son cuatro cosas. El respeto de los hijos hacia los padres, para el buen hijo gitano el mandamiento de su padre es palabra de Dios. La veneración a la ancianidad. Se dice que cuando muere un gitano viejo se quema toda una biblioteca, toda una sabiduría.”